Sólo un manto de silencio cubría la mañana, se miraban a los ojos y la tristeza gritaba pero no emitía sonido alguno. El agua corriendo, la cuchara golpeando una cacerola por la inercia de la corriente, puertas que se abrían y cerraban de golpe y respiros... que triste era todo.
La imposibilidad de tener relaciones con su amado no hacían más que torturarla, las lágrimas en los ojos ajenos generaban en ella una gran tristeza. Había pasado una parte la noche en vela, su esposo le había recomendado tomar unos sedantes que, finalmente, hicieron que ella conciliara el sueño. Pero cuando el primer halo de luz del alba entró súbitamente a la habitación, la despertó y por unos segundos fue feliz.
Caminó hasta el baño, tomo una ducha como todas las mañanas, y cuando salió del baño e ingresó nuevamente a la habitación ahí entendió todo. La tristeza invadía cada una de sus células, dejó caer la toalla y divisó por todo su cuerpo rasguños y moretones que no había notado antes. El hedor a sexo en toda la habitación, vidrios empañados, sábanas retorcidas y la imagen de una casa violentamente destrozada provocaba en ella repulsión por su carne, por su piel, por su propia lujuria.
Quien estaba en la cama ya no era su esposo, era una persona sin rostro. Un perfecto "don nadie" que yacía entrelazado a la ropa de cama, su respiración pesada denotaba agitación y su espalda se movía de una manera casi hipnótica. Cuando él se levantó, dulcemente le confesó que su fantasía más íntima era violar a su propia esposa y maltratarla hasta herirla, simplemente sus oídos no podían entender la barbarie de la situación, incluso podía oírse su corazón estallando en mi pedazos por el nivel de perversión de la persona que creyó amar durante toda su vida y que había abusado de ella sin que ella siquiera lo imaginase...